Reflexiones

Mi cisma

21 Julio, 2008 · 1 comentario

Debía tener nueve o diez años, y estaba buscando unas pilas. Sabía que mi padre solía guardar siempre algún paquete en su mesilla de noche, para poder alimentar siempre su transistor, así que fui a buscarlas. Pero abriendo los cajones me entró la curiosidad y sí, terminé fisgando.

Allí, dentro de esa bolsita neceser que regalaban en los aviones había una caja en la que ponía Control, y dentro, preservativos.

Mi familia es católica medianamente practicante, y yo iba a un colegio de monjas francesas, y ya sabía lo suficiente como para saber que eso era pecado. No os podéis imaginar el shock que supuso para mí ese descubrimiento. Lo primero porque significa que tus padres follan. Pero por Dios! Si eso es algo que se hace puntualmente, cuando uno quiere tener hijos, no? Y por otro lado, el hecho de intuir que mis padres de una manera o de otra estaban haciendo algo malo.

Durante muchos días no pude pensar en otra cosa. Se lo conté a mi hermana, que es dos años menor que yo, así que me miró con cara de póker, y siguió jugando. Ella no ha tenido nunca los quebraderos de cabeza que he tenido yo. Seguí probando a contar mi drama a ver si alguien me decía lo que yo quería escuchar: “no pasa nada, es normal”. Así que seguí por mis amigas, que me miraron horrorizadas. Y no volví a hablar más del tema.

Pero yo seguía con mi nudo en el estómago, sabiendo que algo no iba bien, y sin dormir por las noches. ¿Cómo era posible que mis padres estuvieran haciendo algo malo? ¡Y que encima durante el día estuvieran tan contentos, tan felices, como si no pasara nada, como si no hubieran roto un plato!

Así que un día, en el colegio, cuando nos ofrecieron confesarnos, decidí descargar mis remordimientos de conciencia. Sólo esperaba que me tocase un sacerdote español, porque si tenía que traducir toda la historia…. Puf, definitivamente si me tocaba uno francés tendría que esperar a otro día, y los remordimientos cada vez me dejaban respirar peor. ¿Quién me habría mandado a mí abrir ese cajón, que había sido para mí una caja de Pandora?

Tuve suerte, porque pude confesarme en mi idioma. No me atreví a mirarle a la cara, me costó un poco empezar. Respiré hondo… y le conté mi historia. Al final llegó el veredicto “Reza tres padres nuestros (lo de siempre, con lo que he hecho esperaba mucho más!!!) y no vuelvas a curiosear. Pero reza mucho por tus padres, porque están en pecado mortal”. Es que no se me olvidará nunca. Están en pecado mortal. Y yo según escuché eso vi mi mundo caerse bajo mis pies. Eso era imposible. ¿Mis padres? ¿Esas dos personas con las que vivía, que me cuidaban y me querían, que se portaban bien con todo el mundo, que jamás discutían entre ellos a diferencia de los padres de otros niños, que nunca me exigían algo que no hicieran ellos antes, que lo que más valoraban de nosotras antes que un buen resultado académico era que fuéramos buenas personas, esas que me consolaban, que me regañaban, que jugaban conmigo? ¿Por qué? ¿Pero tan grave era eso de los condones como para condenarles de por vida? ¿Y qué iba a hacer yo si después de morir iba al Cielo y no les encontraba allí? ¿Y si les pasaba algo, un accidente de coche, cualquier cosa, y morían antes de poder rectificar?¿Qué iba a ser de ellos entonces?

Tenía tanto pánico encima que no podía casi ni moverme, ni jugar en el recreo, ni hacer los deberes, ni comerme la merienda. Y así no podía seguir. Yo tenía que hacer algo. Así que decidí ir a la fuente, y hablar directamente con mi madre. Y un viernes, mientras la acompañaba a hacer la compra semanal, le conté llorando todo lo que había pasado y los resultados de mi confesión. Mi madre me miró perpleja. Me abrazó y me dijo con cariño que eso me pasaba por mirar donde no debía. Me dijo que en la vida no todo era o blanco o negro, que había muchos colores intermedios, y que poco a poco lo iría entendiendo. Y ya. ¿Y ya? ¿Pero entonces… quién tenía razón? ¿Dónde estaba lo correcto? ¿Mi madre no me iba a decir nada más?

 

Me pasé una buena temporada pensando en ello, y aprendí a cuestionarme todo aquello que me venía impuesto como un dogma. Y busqué en la Biblia cualquier indicio que pudiera indicar que mis padres pudieran estar haciendo algo mal. Y no lo encontré. Y busqué en su comportamiento diario, en su vida, en sus actos, algo que me pudiera indicar que estuvieran haciendo algo mal. Y mi juicio fue rápido. No. A sí que yo, en mi nombre, los absolví.

Pero cuando una empieza a cuestionarse las cosas no para ahí, y desde entonces no he dejado de distanciarme de esa Iglesia Católica.  

Categorías: Recuerdos · Reflexiones
Etiquetado: , , , , , , ,

1 respuesta hasta el momento ↓

  • Karmen // 27 Julio, 2008 en 12:10 pm

    Un colegio de monjas francés? ¿como el Liceo Francés pero en católico? No me extraña que acabaras tan rallada ante el hallazgo. Aunque he de decirte que si a mis diez años me hubiera encontrado eso en el cajón de mis padres (harto improbable porque no se si los comercializaban todavía), no hubiera tenido pajolera idea de lo que eran esos sobrecitos.
    Y por supuesto a esa edad no sabía lo que era follar, y si lo hubiera sabido, nunca hubiera imaginado que mis padres lo pudieran hacer. Jaja!
    Eso si, justo a los diez años y por otra anecdota distinta (teoría de la evolución de Darwin y discusión tonta con otra niña), empezé a no creer en la Iglesia Católica. Y mis padres si eran muy practicantes.

Deja un comentario