Reflexiones

El primer día (parte II)

17 Julio, 2008 · 1 comentario

El primer día. Parte II.

 

Me gusta comenzar a hablar de mí mismo por mi faceta profesional. Soy arquitecto desde hace veinte años. Es vocacional. Soy bueno en ello y me siento seguro cuando presento un proyecto. Invierto en mi trabajo una gran parte de mis horas, e ir ganado concursos y el reconocimiento a mi trabajo que recibo a modo de reportajes sobre mis obras en prestigiosas revistas de Arquitectura, hacen que todo ese esfuerzo se vea recompensado.

Mis amigos no se explican el por qué siendo un hombre que ha cultivado ciertos éxitos, afable y con cierto atractivo puedo estar solo. Yo creo que ahora no estoy solo. No vivo con nadie, que es distinto. Y es una situación elegida.

Cuando Elena me pidió el divorcio quizás sí sentí una punzada de dolor. Quizás más por el fracaso que para mi supuso que por el hecho de tener que alejarme de ella. Siempre he sido perfeccionista y un divorcio se alejaba bastante de lo que yo, tan joven todavía, tenía como idea de vida perfecta.

Así que una vez pasado el mal trago dediqué mi escaso tiempo de ocio a relacionarme con otras mujeres, iniciar amistades, convertirlas en parejas con mayor o menor éxito.

Finalmente decidí casarme de nuevo. Esta vez mi matrimonio duró algo más. Ambos éramos más maduros, personas libres, independientes económicamente hablando, y nos esforzamos en no perder nuestra parcela de individualidad. Tanto nos esforzamos que no sólo conseguimos eso, sino que llegó un momento en que en nuestra casa sólo convivían dos parcelas de individualidad, que éramos ella y yo. Decidimos continuar con nuestro individualismo cada uno en su casa. Más cómodo.

Y después comenzó otro ir y venir de mujeres. Más por empeño de mis amigos que por gusto propio.

Ya ha llegado un punto en que estoy agotado. Agotado de buscar temas de conversación con desconocidas con el único propósito de seducirlas. De tener que ir haciendo preguntas poco a poco para que poco a poco dejen de ser desconocidas. De intuir el tipo de relación que desean, y el ritmo al que es aconsejable que éstas se consoliden. De tener que aprender a amar a cada una de las mujeres con las que estoy. De sufrir tensiones dialécticas cuando alguno de los dos tiene un mal día, de aguantar reproches por mi escaso tiempo libre, de amoldar mi casa y mis costumbres a cada nueva habitante. De sufrir los progresivos deterioros de las sucesivas relaciones. De peleas, de llantos, de silencios llenos de crispación. De perder la paciencia. De tomar decisiones dolorosas. De perder el amor. De dejar de creer en él. De buscar temas de conversación con desconocidas ahora exclusivamente con la intención de llevármelas a la cama. Lo dicho, absolutamente agotado. Así que llegado a este punto tomo la decisión de estar solo. Han finalizado para mí las búsquedas.

Pero lo cierto es que tras varios meses echo de menos pasar un rato agradable con una mujer. Poder cenar tranquilamente, charlar de varios temas que a ambos nos resulten interesantes y no, por obligación, de tópicos y vulgaridades. Charlar por el mero placer de charlar. Sin otra aspiración, sin más compromiso, sin tener de demostrar nada, ni ganarse nada. Tomar una copa, pasar un buen rato después. He de reconocer que se me había pasado por la cabeza varias veces el acudir a servicios profesionales. Pero los clubs me resultan sórdidos. No me habría sentido a gusto en un lugar así. No conozco a nadie que me pudiera “recomendar” a una chica buena en el oficio, y además es un asunto que no he hablado nunca con nadie, y prefiero que así siga siendo.

Casi por inercia me encontré ojeando la sección de contactos de aquel diario. Todo lo que veía anunciado era justamente lo que yo no deseaba. No podía imaginar como seria una velada agradable con “oriental caliente te hago lo que me pidas 45 euros completo”. Desde luego de una buena conversación podía olvidarme.

Leo cinco, siete, diez. Y ya a punto de olvidar el asunto y pasar a otra sección lo veo. “Mujer joven, culta y con clase”.

Quedé con ella una noche. No era desde luego una mujer despampanante, ni lo que uno espera cuando ve aparecer a una mujer que vive de su cuerpo. Pero era elegante, graciosa en sus movimientos, de facciones armoniosas y con un brillo pícaro en los ojos. La lleve a cenar a un japonés. No tenia ni idea de sus gustos, pero al fin y al cabo el que iba a darse un capricho era yo. No tuve el menor reparo en hablar de mis opiniones acerca de urbanismo, de estética arquitectónica, de nuevas tendencias, de mis viajes, de recuerdos atesorados. Me miraba divertida. A pesar de mi grosería al no mostrar el mas mínimo interés por ella y de concentrar en mi y mis vivencias toda la conversación. Se divertía. Eso me divirtió a mí. Me sorprendió que siguiera con mucha facilidad mis conversaciones a pesar de no ser muy ducha en la materia. Pero desde luego dejaba ver una educación esmerada.

La llevé a un hotel. Empecé a preguntarme cuál seria el precio de este tipo de servicios. Factura no me iba a hacer, eso estaba claro. Y hablar abiertamente de este tema me violentaba. Así que prepare una cantidad que me pareció razonable y la introduje en un sobre mientras ella pasaba al baño. El sexo fue divertido y desde luego muy reparador para mí. A ella no le pregunté, me resultaba de mal gusto. Nadie le pregunta a un albañil si ha disfrutado reparando una tubería.

Le entregué el sobre. Ella lo introdujo en su bolso sin mirar el contenido. Nos despedimos cordialmente.

Desde esa noche reprimo mis deseos de volver a llamar.

 

 

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1 respuesta hasta el momento ↓

  • Karmen // 27 Julio, 2008 en 11:50 am

    ¡Que bueno! Que facilidad tienes para ponerte en la piel de otras personas, y para transmitir esas vivencias. Me ha gustado mucho, la parte I y la II.
    Menos mal que he visto este nuevo enlace en tu blog. No me hubiera gustado perderme estos relatos. Voy a seguir hacía delante.
    Un beso.

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