Reflexiones

El por qué

3 Septiembre, 2008 · 3 comentarios

Llevaba bastante tiempo sintiéndome insatisfecha con la vida que llevaba. Me daba la sensación de transcurría entre un trabajo que si bien no me disgustaba tampoco me hacía sentir orgullosa, y mi familia, que si bien me hacía sentir orgullosa a veces me pesaba como un lastre.

Levántate por las mañanas, prepara los desayunos, el uniforme, instrucciones para la casa, qué hacer de cena, baja al niño al autobús. Coge el metro, llega a la oficina, asientos contables, cierres, liquidaciones de impuestos, requerimientos de Hacienda. A las seis sal corriendo de la oficina, esté tu trabajo como esté porque la que no puede faltar en casa eres tú, baña a los niños, prepárales la cena, pelea con ellos para cumplir con el timing, uno a la cuna, cuento con el otro, el agua, a dormir. Llega el marido, lee una revista y se engancha al ordenador mientras preparas la cena. Pelea para que deje el ordenador de una vez, cena, y mira la mierda de turno que ponen por la tele mientras el marido sigue con el ordenador. A la cama y vuelta a empezar.

A mi alrededor todo el mundo tenía sus hobbies.

Mi pareja los coches: su foro, su GT4, su fórmula 1, sus revistas de Autopista. Mi hijo sus clases de inglés, de judo, de natación, sus dibujos animados, juegos de ordenador. Mi otro hijo destrozar lo que encontraba, desordenar todo lo posible y que hubiera alguien permanentemente detrás de él. En mi oficina mi amiga Eva y Pilar quedaban a menudo, se van de compras, se van de cañas.

Mi amigo Emilio juega al golf, mi amiga Elena va al gimnasio, Juanito está dando clases de canto y va a formar un grupo, Rosa y Fernando no paran de viajar. Raquel asiste a numerosos conciertos, a un curso de diseño gráfico y a baile moderno.

Y… ¿yo?

Un día quedé a comer con Raquel y no lo pude evitar. Se me quebró la voz. Me sentía como una auténtica maruja sin vida propia pero sí para los demás. Absurda, vulgar y alejada de todo ideal de la vida que de joven había soñado (¡de joven! Y pensar eso con 28 años!) Y además me sentía completamente sola.

Las conversaciones con Raquel siempre terminan en un análisis exhaustivo de la situación actual de cada una de nosotras, siempre son largas y siempre se nos hacen cortas, y siempre nos damos soluciones. La mía ese día estaba clara. Patricia, tienes que encontrar tu espacio.

Creo que en el fondo sentía que cualquier cosa que yo hiciera que supusiese dedicar para mí un tiempo que antes hubiera estado dedicado a otras personas no iba a ser visto con buenos ojos. Principalmente dentro de mi casa. Y ya antes de proponer nada yo daba por sentada la desaprobación.

Lo que estaba claro es que una parte de mí se había perdido por el camino, que sin esa parte de mí yo me sentía a medio hacer.

Y cuando uno se pierde no siempre es fácil encontrarse. Sobre todo con un tiempo limitado.

Así que un día comencé por lo más sencillo. Me acerqué al gimnasio del barrio y me apunté a clases de danza oriental. Los viernes de 20-21:00. Se supone que Rubén los viernes tiene jornada intensiva por lo que podría relevarme. Yo la llamaba MI HORA. Recuerdo que el primer día, al salir de clase y mirar el móvil, tenía siete llamadas perdidas. Sin querer me había llevado el chupete de Miguel en el bolso y Rubén estaba hecho una furia por no haber estado atenta al móvil. Claro, lo normal es bailar con él al cuello, y salir corriendo de clase ante cualquier eventualidad que sucediera en LA HORA semanal que yo pasaba fuera de casa. En tres meses pude ir a cinco clases. Cuando fui a renovar el gimnasio había dejado de impartirlas. Así me quedé sin mi hora.

Y proseguí la búsqueda.

Intenté volver a tocar la guitarra. Por la tarde, con los niños. Después de unas cuantas tardes en las que Pablo sólo quería que tocara Nada de esto fue un error de Coti, Miguel aporreando las cuerdas, subiéndoseme encima y tirando dentro de la caja todas mis púas y sucedáneos, lo dejé también. Ahora tengo un instrumento mucho más completo. Según se toque puede ser guitarra o maraca.

Al final, un día, aprovechando una época de muy poco trabajo, empecé a escribir, me registré en El País, y aparecieron las Reflexiones.

Puede parecer algo pueril y conformista. Y puede parecer que esencialmente mi vida es la misma. No me he convertido en una escritora de éxito, no he escrito una novela, no voy a ganar ningún premio literario. No me paran por la calle, no firmo autógrafos. Sigo con los desayunos, los impuestos, los baños y los cuentos. Pero lo cierto es que mi vida sí que ha cambiado. Desde ese día yo también he adquirido el derecho a sentarme durante horas por las noches con el ordenador, porque yo también tengo una afición. Todos los días dedico parte de mis pensamientos diarios a convertir en palabras algo mío que va a ser leído.

Desde ese día leo a muchas personas que con sus historias, su vida, sus cuentos, su filosofía, su testimonio, su denuncia o sus imágenes abren mi mundo.

Desde ese día otras personas leen mis palabras y eso me hace sentir valorada por una faceta mía, que es sólo mía, y que me gusta.

Desde ese día me siento más orgullosa de mí misma porque me he decidido. Porque me he hecho un hueco, porque he encontrado un espacio. Y que siendo mío he llenado con todas las personas que también comparten el suyo.

Y porque con el simple hecho de escribir un poco cada día, y de dar cada día un poco, mi mundo hoy es más grande.

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La relatividad y los pin y pon

2 Septiembre, 2008 · 2 comentarios

Nuestra casa es chiquitita, pero no tenemos problemas porque nosotros también lo somos. Yo no llego al metro sesenta (1,57) y peso 50 kilos, y Rubén mide metro setenta y pesa 62 kilos. Sin embargo desde que vive conmigo su percepción acerca de su estatura ha variado: ahora hasta se siente alto.
Cada vez que le digo “mi amor, ¿te importa acercarme esa taza, que yo no llego?” noto cómo se le hincha el pecho, cómo mete la tripa, aparece esa sonrisa de superioridad y complacencia… “claro, cariño, qué harías tú sin mi?” (Es cierto, mi taburete y yo estuvimos esperando 23 largos años….) Y no puedo evitar la sorna y seguir…
- qué razón tienes, eres taaaaaan alto…
- Sigue
- Y taaaaaan guapo, y taaaaaaaan fuerte…. Vamos, pocos como tú.
Y seguimos un rato con la parodia, pero que, aunque no deje de ser parodia, una parte de su ego queda henchido de orgullo masculino. A mí me divierte, sólo espero que con tanto ego no le de un día por agacharse al pasar debajo del quicio de una puerta, … y si lo hace que esté yo delante, pa reírme.
Por supuesto Pablo también es canijo. Acaba de cumplir seis años y usa ropa de la talla cuatro, especialmente en pantalones. La pediatra dice que está en el percentil diez, pero al menos ya ha entrado en tablas, pues se salió de ellas después del primer año de cole. Nos pregunta si come de todo, si come bien, le receta vitaminas y jarabes que abren el apetito… yo me pregunto si esa mujer ha mirado bien a sus padres, y si no responde esa observación a todas sus dudas. Lo bueno que tiene esto es que si el niño usa ropa de talla 4 también le cuelo como si 4 tuviera en el Parque Warner y demás centros de fuerte atractivo infantil.
De momento el único que tiene peso y talla medios es Miguel, pero que descuide, que la genética ya lo pondrá en su sitio. Al tiempo.
Pero ellos de momento no tienen ningún tipo de complejo. Bueno, alguna vez Pablo me ha preguntado que cuándo va a ser más grande, como sus amigos. Yo le digo que posiblemente cuando sea mayor será más o menos como su padre, porque nunca he sido partidaria de mentir a los niños. Y entonces fue cuando me confirmé en lo relativo que es todo, porque a esta afirmación el tercer miembro de la Polly Pocket Family me contestó con otra pregunta:
¿De verdad que cuando sea mayor voy a ser tan alto tan alto como papá?
Bueno, mejor así.

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Felicidades

27 Agosto, 2008 · 1 comentario

El día que naciste no fue el mejor día de mi vida. Llevaba meses leyendo que así sería y cómo me sentiría, pero no fue así.

Después de más de catorce horas de dilatación llegó el momento. Pero estabas mal colocado. Supongo que ya intuías que por encima del techo del quirófano y la luz artificial había un cielo azul y profundo que no te querías perder y en lugar de nacer mirando al suelo lo hiciste al revés. Tras una hora y media de expulsivo, que recuerdo a trozos porque perdí el conocimiento por falta de oxígeno en algunos momentos, con tres comadronas, dos ginecólogas y tres pediatras alrededor, mi madre sujetando la camilla en la cabecera porque estaba rota y se movía, trajeron las palas y te sacaron. Entonces dejaron entrar a tu padre que me acariciaba la cara mientras me cosían. Estabas blanco como la cera y no llorabas. No pude verte pues te llevaron corriendo a hacerte las primeras exploraciones. Oí cómo te pegaban las palmadas que tanto se oyen en las películas seguidas de un llanto. Pero esta vez sin llanto. Lo intentaban y lo intentaban. Al fin un pequeño gemido. Como un gatito. Ví que te sacaban corriendo del quirófano envuelto en tela verde. Lo único que pude distinguir es que seguías igual de blanco y que tenías una herida en la frente. “El mío es el de la herida”- pensé.

Preguntaba qué te pasaba, si estabas bien. Y cuanto más se esforzaban por tranquilizarme más tenía la impresión de que nadie decía la verdad y me estaban protegiendo como si no fuera capaz de aceptar la realidad por respuesta. Es difícil sacar la preocupación de una cara. Puede uno cuidar el tono de voz, que puede sonar cariñoso y seguro. Pero es que la preocupación se instala en el fondo de los ojos y se acomoda en el resto de la cara. Y no hay sonrisa que borre su huella.

Después me dejaron en una cuartito. Y llegó el frío. Por muy 28 de agosto que fuera no hubo calcetines ni mantas que me quitaran la tiritona.

Tu padre subió a verte. ¿Qué tal está? Tiene tus pies, me dijo.

A mí no me dejaron ir hasta las 6 de la mañana que era hora de visitas y podía entrar. Trajeron una silla de ruedas, porque no era capaz de caminar sin ahogarme. El camino se me hizo eterno.

La sala estaba llena de incubadoras, y en cada una un bebé minúsculo. Hasta que llegué a la tuya. Parecías el hermano mayor, pues tu problema no había sido el peso, y allí estabas, llenando esa incubadora con tus tres kilos y medio. Lleno de cables y tubos, y con tu herida en la frente. Sólo podíamos entrar de uno en uno, y fui yo primera. Metí la mano por el agujerito y te acaricié las piernas y los brazos. Te acaricié la palma de las manos con cuidado para no descolocarte la vía. Me dejaron cogerte en brazos. Una enfermera te colocó sobre mí con cuidado para no descolocar nada. Dormías plácidamente, con la cabecita caída hacia atrás y la barbilla puntiaguda.

 

No te reconocí. Es curioso, porque si me hubieran puesto encima a cualquier otro niño habría sentido lo mismo. Y es que no es un reconocimiento de hijo lo que me hizo quererte desde el primer momento, fue ese verte tan pequeñito, tan indefenso, tan vulnerable y tan dependiente. Es el primer tipo de amor que sentí por ti, quise a ese pequeño desconocido por la ternura que me inspiraba, y por la responsabilidad que tenía con él, que más que un amor consciente y razonado era un instinto de protección.

 

Miré a Rubén, que estaba al otro lado del cristal. Me miraba con mucha emoción, y con el dedo escribió en el cristal “te queda muy bien”. Y volví a mirarte y a mirarte, para conocerte, para ir descubriéndote.

Y no lloré. Estaba emocionada pero no lloré. Tú no llorabas, yo tampoco. Tú tenías ese semblante de paz y de tranquilidad. En su momento lloré, pero no al verte, sino una noche, sentada en esa silla, mientras recorría pasillos de hospital oscuros, en los que sólo se oía el llanto de algún niño que sí podía estar en una habitación con su madre.

 

Finalmente te fuiste reponiendo. Cada tres horas estábamos allí puntuales. Y en cada visita ibas luciendo un cable menos. Una semana después te dieron el alta, y no se me olvidará lo que me dijo la pediatra cuando firmaba el alta: “os devolvemos un niño normal”. Me dio un escalofrío.

 

Y de esto hace hoy siete años. Siete años desde que naciste, siete años desde que empezamos a vivir juntos Rubén y yo. Siete años de tantas cosas. Siete años de una gran aventura.

Felicidades Pablo.

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Las manos llenas

26 Agosto, 2008 · No hay comentarios

Septiembre 2007

 

Esta tarde he llevado a Miguel al parque. Desde antes del verano no lo llevaba, y cuando lo hacíamos era en fin de semana, y curiosamente, el parquecito que tengo junto a mi casa está vacío… pero hoy  lunes estaba lleno de niños. Le acababa de comprar un set de peque: pala, rastrillo, una carretilla pequeña y un oso en el Todo a 100. Me senté en un banco a observar.

 

Miguel cogió todas sus cosas y las colocó junto al tobogán. Allí las soltó, cogió la pala y empezó a coger arena. Nada más dejarlo todo, un niño más mayor le quitó la carretilla y se la llevó. La ley de la jungla. Miguel lo miró atónito. La siguiente reacción fue recoger todas sus cosas y no despegarse de ellas. Así que iba por el parque de un lado para otro cargado con el rastrillo, la pala, el oso, y otra pala que había sisado él a su vez como compensación. Esto le suponía un gran esfuerzo, se le caían cosas constantemente y tenía que volver a recogerlas rápidamente, antes de que otro niño se las quitase. Como era imposible jugar con la arena sin soltar parte del tesoro, intentó subirse al tobogán. Pero subir las escaleras con las manos llenas de juguetes era imposible. Yo seguía observando sin decir nada. Los niños son listos, y al cabo de un rato él solito llegó a la misma conclusión. Soltó sus juguetes por el suelo y se subió al tobogán, a los columpios que suben y bajan, jugó con los juguetes de otros niños al igual que otros jugaron con los suyos, y corrió y se desfogó.

Lamentablemente los adultos no aprendemos tan rápido, y nos cuesta mucho más darnos cuenta que con las manos llenas  perdemos libertad para vivir y disfrutar de otras muchas cosas.

Una pena.

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Nuestro espacio y nuestro tiempo

24 Agosto, 2008 · 2 comentarios

Lo cierto es nunca hemos tenido mucho tiempo para nosotros como pareja. Yo quizá creo que es ese el motivo por el cual, cuando llega el sábado, si hay niñeros, preferimos salir juntos. Y si no los hay, quedarnos en casa juntos. Y si hay dinero, poder hacer una escapada juntos, y si no… pues a seguir deseándola. En muy raras ocasiones hemos hecho planes por separado. Porque el poco tiempo que disponemos, lo necesitamos. Porque ha sido breve, es breve, y sabe a poco.

 

Rubén y yo estuvimos viéndonos fines de semana sueltos desde aquel mes de mayo, el del licor café. Concretamente dos más. Me dijo que iba a buscar trabajo en Madrid, y yo le pedí que no tardara mucho, porque ya había tenido unas cuantas relaciones a distancia y ya sabía lo difícil que era sacarlas a flote. De hecho no tenía grandes esperanzas, y estaba empezando a desanimarme cuando me llamó aquel mes de julio, y me dijo ¿Me puedes venir a buscar? Empiezo en agosto…

Así que cogí el coche, volví a decir en casa que me iba a dormir con una amiga, y me fui a Ourense. Estuve en su casa el fin de semana, con su familia, y me volví a Madrid con él y sus maletas.

Yo por mi parte en septiembre hice mis últimos exámenes, me licencié, y conseguí un contrato en una firma de auditoría que a su vez me pagaba un master.

En noviembre me quedé embarazada. Tenía 22 años. Rubén 27.

Me enteré un 28 de diciembre de 2000, pero no era ninguna inocentada. Llegué al trabajo con la cara desencajada, y según miré a Elena le dije: positivo. Llamé a Rubén. Se iba a medio día a su casa para pasar el fin de año con su familia, pero siendo 28 pensé que podría atrasar un día al menos el viaje y poder verlo esa tarde. Yo no pedí nada y tampoco salió de él. Eso sí, me dijo que se lo podría haber contado una vez hubiera llegado a Ou, que casi se mata por el camino. Pues para lo que pasó al final, si, me podría haber callado. Así que ese día, después de trabajar, se quedaron conmigo Emilio y Elena tomando una caña. Recuerdo que Emilio brindaba y me decía: Pat! Por el 2001, que promete ser un año movidito!!! Él fue el primero que me llamó así.

 

Lo peor llegó cuando pasaron las fiestas y comenzamos las conversaciones. Yo no quería abortar y a él le parecía una locura tener un hijo. Sus argumentos eran lógicos y aplastantes. Yo tenía un contrato de beca de estudio que terminaba en junio, él un sueldo de 70.000 pesetas, yo en junio estaría en el paro. Mucho mejor esperar unos meses, primero vivir juntos un tiempo, esperar a tener una estabilidad económica, y después los hijos. Y yo apenas tenía argumentos, sólo tenía un instinto. Yo sólo sabía que ahí dentro había algo del tamaño de un haba que vivía porque yo vivía, que respiraba porque yo respiraba, y que si le dejaba vivir una semana más, tendría orejas. Y porque no podía evitar tener conversaciones con eso que había ahí dentro. Y si no era yo… ¿quién le iba a querer?

Pero con un instinto no se argumenta. -Pues ya encontraré otro trabajo, en junio me dan el piso, no soy ninguna adolescente… -Tú lo que has hecho es ver mucha comedia romántica, en las que siempre hay final feliz, pero esto es la vida real.

Llegué a plantearme su opción, al fin y al cabo era lo justo. Ya habíamos hablado en una clínica. Pero siempre tenía una buena excusa para retrasar el día. Y no me he sentido peor en mi vida que en esos días en los que iba a hacer algo que yo no quería.

Tuvimos que tomar la decisión por separado, ya que fue imposible llegar a un acuerdo. Yo ya la tenía tomada. Él podía quedarse a mi lado, pero con niño. O bien no tener el niño y dejarme. Y todos tan amigos, sin ninguna obligación. Libremente decidió quedarse con el lote completo.

 

Tuve una angustia casi permanente durante todo el embarazo. Aunque, después del susto inicial, y una vez se hubo decidido todo, Rubén estuvo positivo, animado y contento, yo no podía evitar un asomo de duda: que siguiera a mi lado por obligación moral. Y eso era algo superior a mí. Sólo con el tiempo me fui dando cuenta de que no fue así.

Angustia también por mi trabajo. Digamos que la noticia fue como una bomba. O como un bombo. El caso es me tuvieron dos meses en la oficina sin asignarme ninguna auditoría, cosa que hizo que no tuviera buenas perspectivas. Después, volvieron a asignarme clientes, cuando ya estaba bien gorda, y volví a pasearme en metro por todo Madrid con el portátil a cuestas. Trabajaba hasta la noche, estudiaba el postgrado…. Y en junio me renovaron y me hicieron indefinida.

Finalmente la casa me la entregaron a finales de julio y no pudimos tenerla lista para mudarnos hasta octubre.

Cuando íbamos en el coche camino por fin a nuestra casa, yo iba en el asiento de atrás con Pablo. Con las gafas de sol, para que Rubén no viera que lloraba. Y no lo vio, pero lo oyó. Soy realista, y ni yo misma apostaba mucho por nosotros.

Pero contra todo pronóstico la cosa fue bien. Teníamos que contar el dinero hasta para ver si podíamos comprar una revista, unos trabajos horribles y mal pagados, y horarios interminables. Pero todas las noches antes de dormir escuchaba a Rubén decirme lo afortunado que se sentía, y que no se cambiaría por nadie.

Y así nos hemos ido conociendo, viviendo juntos y con un niño, y con dos. Buscándonos como furtivos.

Quizás con el tiempo se vaya agrandando el espacio que tenemos para cada uno. Cuando también se agrande el que tenemos en común.

Ahora me voy a dormir, que tengo que decirle a alguien que le quiero.

 

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El licor café y la bañera

22 Agosto, 2008 · No hay comentarios

Ocurrió la primera vez que fui a Ourense, hace 9 años, aquel puente de San Isidro, en el que yo a mis padres les conté que me iba a pasar un fin de semana a Villalba a casa de una amiga, cuando en realidad lo que hice fue una escapada puramente sexual con un gallego con el que me había liado un fin de semana en Madrid. (Hay cosas que los padres prefieren no saber, así que por qué no hacerles el favor).

 

Cogí un hotel céntrico, y el primer día lo íbamos a pasar íntegramente juntos, pues él sólo iba a poder dormir esa primera noche fuera de su casa. Después de enseñarme la ciudad y de llevarme a Allariz, fuimos a cenar de pinchos. Allí me presentó a sus amigos como su novia, cosa que no dejó de parecerme un poco precipitado.

Allí, en medio de tanto desconocido, incluido mi “novio”, me sentí en la obligación de estar a la altura, así que cometí el grave error de intentar seguirles el ritmo. Primero unos vinos: ribeiros y mencías. ¿Cómo era? Ah, sí! “metidos en el laberinto lo mismo da blanco que tinto”. Y una mierda. Pero empezó a aflojárseme la risa.

 

Después me dijeron que tenía que probar el licor café, típico de allí. Bueno, algo suave, pensé. Como el de avellanas pero de café. Lo probé, y mientras lo tragaba noté cómo me iba achicharrando el esófago. Así que, ya que no quería quedar mal, y aquello sabía a rayos, pensé “cuanto antes, mejor”, apurándolo de un trago. Para el que no lo sepa, el licor café tiene un nombre que llama al engaño, pues es puro orujo que se ha fermentado con café y azúcar.

 

Ahora ya no estaba con la risa floja, estaba chispada perdida. Es algo que me pasa muy a menudo. Me emborracho mucho antes que el resto. Y soy graciosa, porque empiezo con la incontinencia verbal y las explosiones de risa, y me pongo ocurrente cuando todo el mundo anda completamente sobrio. Eso sí, cuando la gente se empieza a entonar yo ya estoy de resaca.

El caso es que después venían los cubatas, y … bueno, lo cierto es que me lo pasé muy bien, que a los amigos les caí muy bien… pero la noche se había acabado para mí.

Apenas era capaz de desnudarme.

 

Rubén dijo que no iba a permitir que me durmiera la única noche que teníamos entera. Puso la bañera, me desnudó, me metió, me jabonó, me lavó el pelo, me sacó, me secó, me lavó los dientes (sí, ¡me lavó los dientes!), me llevó a la cama… pero fue imposible. Yo andaba en el limbo etílico. Podría haber hecho lo que quisiera. Total, yo ni me habría enterado, y tampoco me habría importado. Pero no lo hizo. Se metió en la cama y dormimos abrazados.

Eso sí, a la mañana siguiente me levanté como una rosa. Y lo demás no lo cuento, que estamos en horario infantil.

Pero aún me sonrojo pensando en el ridículo tan espantoso que hice la primera noche que dormí con Rubén. Y todo por un licor café….

 

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Cosas de Pablo (III)

19 Agosto, 2008 · No hay comentarios

Una noche, estábamos jugando a Tabú mis padres, Pablo y yo. Yo tenía que hacer que Pablo adivinara la palabra “Camisón” sin emplear ropa, noche, dormir, etc…
- Pues es una cosa que se pone uno encima cuando va a descansar
-¡Pijama!
- Sí, eso tú, y… ¿una niña?
- Pues un pijama, no sé
- A ver Pablo, tú te pones pijama, ¿y mamá?
- Mamá, ¡tú no te pones nada!

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Los milagros existen

19 Agosto, 2008 · No hay comentarios

Escrito en agosto 2007

Hace unos cinco años y medio, cuando sólo hacía seis meses que vivíamos juntos, y cuando sólo nos habíamos hecho un regalo, por navidad, (este hecho es importante, porque siempre cuando uno se estrena con alguien en cuestión de regalar, es mucho más fácil acertar. Según van pasando los años se van agotando las ideas y no es fácil acertar sin repetirse), fue mi santo.

Por la noche, cuando fuimos a la habitación encontré un paquete cuadrado encima de la cama, muy bien envuelto. ¡Felicidades! Dijo. Yo lo abrí con cuidado y cuando vi el contenido casi se me saltan las lágrimas.

¡Un cepillo de dientes eléctrico!, ¡lo que siempre había soñado! Me contuve y tragué saliva. Di las gracias muy educadamente y logrando que no se quebrara mi voz le pregunté: bueno, pues cuéntame la historia de este regalo, porque ha de haber alguna…. La respuesta: a su hermano le habían sobrado cosas en su lista de bodas y esta era la que estaba en precio. Además como yo siempre tenía la dichosa manía de cepillarme de izquierda a derecha en lugar de arriba abajo…. Con esto se solucionaría.

Me he pasado los siguientes años contando esa batalla y llorando de risa a costa del “detallismo” de Rubén. Y de paso haciéndole sentir fatal.

El pasado mes de mayo fue mi cumpleaños. Estuvimos en el puente de San Isidro en Barcelona, visitando a mi hermana y él viendo el GP de Fórmula 1. Como no andamos muy boyantes, le dije que no comprara nada, que no era necesario, me tomaba la escapada como mi regalo.

Sin embargo cuando volvimos de Barcelona, el día de mi cumple, me dio un sobre. Entradas para ir a ver a Les Luthiers. Fue un detalle, aunque le hacen bastante más gracia a él que a mí. Así que fuimos a verlos. Antes de volver a casa me propuso tomar una copa en el Irish Rover. Bueno, vale.

Y allí estaban buena parte de mis amigos del curro, mi amigo José que viajó desde Finlandia para no perdérselo, Elena y Emilio, y más tarde llegaron otras amigas del colegio.

Se había pasado un mes llamando a todos mis amigos para organizarlo todo, y aunque fallaron una buena parte de ellos, la persona que años atrás me había regalado un cepillo de dientes eléctrico se había tomado la molestia de pensar en algo que realmente me haría ilusión y el trabajo de logística para llevarlo a cabo. Mi fiesta sorpresa.

Así que después de haberme reído tanto, lo justo es lo justo. Y la misma persona que casi me hace llorar con un cepillo de dientes, años después me hizo el mejor regalo que he tenido hasta ahora. A veces, los milagros existen.

 

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Nunca me han dejado

17 Agosto, 2008 · No hay comentarios

Empecé a fumar con 15 años. Hasta esa edad no me dejaban salir por ahí sola con mis amigas, por la noche (lo de por la noche es un decir, porque era a las 22:00h cuando la Cenicienta tenía el toque de queda). Primero íbamos a comprar unas patatas fritas de esas que ponen en un cucurucho, con salsas y que se comen con un palito. Después al Mil Copas, donde después de aburrirnos con los zumos, comenzamos nuestro descubrimiento del alcohol con Licor 43 mezclado con batido de chocolate. Y por último tratábamos de que nos dejaran pasar a la única discoteca que había en la zona con un DNI falsificado. No colaba casi nunca a pesar del maquillaje. Entonces nos dedicábamos a deambular hasta que se hacía la hora de coger el bus de vuelta, y para amenizar la espera comprábamos una cajetilla y nos fumábamos uno o dos cigarros cada una, sin tragar el humo, sólo por diversión, por probar. No podíamos ir a bailar pero al menos nos quedaba el cigarro en la calle.

 

Aprendí a tragarme el humo con 16, en un campamento de vela en San Javier que organizaba el Ayuntamiento, y al que fui con la que definitivamente pasó a ocupar el puesto de mejor amiga: Raquel. A ella se le daba mejor que a mí. Yo tuve que hacer verdaderos esfuerzos, porque no conseguí dejar de toser cuando aspiraba el humo. Pero hice gala de un gran amor propio. Si Raquel lo ha conseguido, yo también. Así que por pura cabezonería y también por fastidiar al chico con el que ligué en ese campamento, Javi1, el único chico espectacular con el que he estado, por el que dejé a mi primer novio y con el que pasé a la fase 2 sexualmente hablando, de las 3 que hay, conseguí perfeccionar mi técnica. Me pregunto qué sentido tenía el fastidiar a Javi fumando, quizás como una rebeldía ante tanta perfección que iba exhibiendo el muchacho, o quizás para que siguiera intentando impedírmelo a besos. Yo, que nunca me había considerado una gran cosa no podía entender qué había visto en mí el chico más guapo del campamento, que para más inri era mayor que yo e iba a empezar a estudiar Ciencias Políticas. Al final se terminó cayendo de ese pedestal que yo había construido para él.

 

Destapé mi vicio la noche que dejé a Javi 1. A mí nunca me han dejado. Lo cierto es que yo estaba enamorada hasta las trancas, pero a mí el amor nunca me ha cegado hasta el punto de no saber distinguir cuándo una relación no marchaba. Y mientras yo quería a ese chico hasta el punto de tener el estómago con nudo permanente y de estar dispuesta a cualquier cosa que me hubiera pedido (y no me pidió), yo sentía que era para él una distracción de fin de semana. Y antes de pasar por ser víctima, escuchar palabras de consuelo y ánimo, antes de tener que estar soportando la lástima de los demás, opté por ser tachada de lo contrario. De modo que antes de que alguien pudiera dejarme me apresuraba yo a dar ese paso.

Esa noche le había llamado, le había dejado, me había quedado con el resto de nuestra gente de copeo, y había logrado una actuación magnífica. Porque con un dolor que me partía en alma en dos, delante de los demás me había divertido como nunca. Javi en cambio estuvo toda la noche cabizbajo. Fumé más que nunca.

Llegué a casa, y mis padres tenían invitados, estaban cenando. Dije que me iba a la cama. Mi pidieron que saludara y besara al menos. Al besar a mi padre saltó.

- Patricia, hija, hueles a tabaco. Es que en esos bares cómo se pega el olor porque… no habrás fumado, no? (a quién se le ocurre hacerme esa pregunta el peor día de mi vida y delante de los invitados)

- Sí.

- Pero, ¿cómo me dices eso?

- Me preguntas y te contesto, ¿Qué si he fumado? Pues sí.

- Qué falta de personalidad. Seguro que tus amigos fuman y te has dejado llevar.

- Pues te equivocas, esta noche fui yo la única. Me compré mi cajetilla y me la fumé enterita y sin ayuda. (y pensé: ¿me podéis dejar ya irme a mi habitación para poder seguir muriéndome de pena y poder llorar por fin?)

 

No hay nada peor que una tonta con personalidad, no? En fin, que creo que he pasado por casi todas las etapas de la vida, muy deprisa y muy intensamente. Y desde luego la adolescencia dio para mucho y fui, como está mandado, una auténtica tocapelotas.

 

Desde entonces he seguido fumando por diversos motivos. El primero, el que todo el mundo intenta camuflar en sus motivos (yo no quiero dejarlo, yo fumo porque me gusta, yo lo dejo cuando quiero)…. La adicción a la nicotina.

El segundo, porque durante una buena temporada me sirvió de arma arrojadiza para fastidiar a mis padres, con los que estaba permanentemente enfadada por hacerme volver a casa antes que mis amigos, y por considerar que mis penas, mis alegrías, mis amigos o mis novios eran tonterías. Que lo importante eran los estudios. Y digamos que los padres tienen poca picardía, porque habiendo llevado mi padre toda la vida diciéndome que había dejado de fumar para dar ejemplo y no caer en un renuncio cuando nos piediera que no lo hiciéramos, yo ya sabía cuál era el punto débil, y hasta qué punto le encabronaría mi vicio.

El tercero, para ser de las malas en el colegio de monjas. Y seguir llevando la contraria, para variar.

El cuarto, porque ahora que Rubén es un ex fumador militante, y no para de darme la matraca con el tema, ha sustituido a mi padre en el cargo de “represaliado mediante el tabaco”.

El quinto, porque llegados a un punto, llegas a asociar cualquier aspecto significativo de tu vida con el pitillo, y su ausencia en determinados momentos crea un vacío difícil de reponer, haciendo que sin él, cada euforia o cada depresión no se manifiesten con toda su intensidad. Y es como un compañero, un amante, o un amigo. Que te llena con cada calada. (Podría contar media vida al hilo de mi vicio)

Pero como ya he dicho, a mí nunca me han dejado. Y sé de sobra que esta relación nuestra no se basa en el amor sino en la dependencia, y no va a llegar a buen fin. Y antes de que seas tú quien me hagas daño, y desde aquí, al borde del abismo que supone dejar atrás tantos años de encuentros y desencuentros, y desde el miedo de que resulte otro intento fallido, amigo gris, te digo adiós.

 

Escrito en agosto de 2007. Dejé de fumar un mes. A día de hoy me he pasado al tabaco de liar. Consumo diario 7 u 8 cigarros diarios. De momento el romance continua.  

 

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Miguel

15 Agosto, 2008 · No hay comentarios

Miguel acaba de cumplir dos años. Sube y baja escaleras, está aprendiendo a comer solo, y no habla prácticamente nada. El miércoles le llevé al pediatra a su revisión de los dos años y me preguntó “¿cuántas frases de más de tres palabras dice?” Bueno, digamos que en su vocabulario apenas hay más de tres palabras. Aunque estos últimos días está empezando a hacer esfuerzos por repetir e imitar otras nuevas, así que a su “papá, mamá, caca, yatá (ya está), no (acompañado por su dedo índice moviéndose con energía de izquierda a derecha)” está incorporando “bobo (globo) tatoto (una moto), y alguna más”.
En definitiva, un desastre.
A Miguel le gusta desayunar con su biberón, y después lanzarse a por nuestro desayuno. Subirse a las sillas, de ellas a la mesa, coger la mantequilla, quitarle la tapa y meter los dedos dentro y una vez dentro moverlos mucho. Le gusta también coger el zumo de naranja, quitar y poner el tapón de rosca, e intentar llenar un vaso. De hecho lo consigue, aunque de paso quede zumo en el mantel, en la mesa, en las sillas y en el suelo. En todas partes menos en el tetra brick.
Otra cosa que le encanta es perderte de vista cuando quiere curiosear algo que no debe, de modo que cuando estás más de cinco minutos sin verle y oírle probablemente lo encontrarás en el baño con la afeitadora eléctrica en su barbilla y él reproduciendo el ruidito, con sus deditos en tu crema hidratante (sí, con el mismo estilo que con la mantequilla), con la laca de uñas vertida en el suelo y él decorando con el pincel su camiseta, o jugando con la escobilla del WC (eso es uno de sus juegos favoritos).
A Miguel los juegos de construcción, el Mr Potato, los Puzzles acolchados, los cuentos de gomaespuma o los cochecitos no le gustan. Si se rompen no pasa nada y además suelen pasar el test de dureza al que somete todo aquello que cae en sus manos. Tampoco se puede intoxicar ni escalabrar con ellos. Claro, ni puñetera gracia encuentra en ellos.
Es un melómano empedernido. Cuando vamos en el coche sabe cuando está terminando una canción y entre una y otra chilla desesperado “ota, ota” (otra). Por cierto, se me olvidó antes incluirla en su vocabulario. Una de sus favoritas es Let me out de Dover.
Y desde luego lo que odia es pirateemos música, y la almacenemos en el portátil, porque poco le hace tan feliz (salvo arrojar objetos contundentes por la ventana o escaleras abajo) como abrir y cerrar una caja, sacar el CD, metérselo en el dedito, y arrastrarlo por todas las superficies posibles hasta que quede completamente rallado.
En la bañera disfruta haciendo lanzamiento de esponja y de patitos de goma. A veces me alcanza y acabamos a esponjazo limpio, yo desde fuera y él desde dentro. Los dos empapados y el vecino de abajo con goteras. Lo que me hace menos gracia es lo de tener que reponer cada tres días el gel de ducha y el champú, porque en cuanto me pilla parpadeando los abre y me los vacía en la bañera. Es que es muy limpito él.
Eso sí, Miguel duerme como un campeón. De nueve a nueve y tres horitas de siesta. Cosa que para mi salud mental e integridad física está muy bien.
Y es tan simpático, tan risueño y sonríe con tanta luz, que es capaz de cambiar los instintos de atarle por los de darle un beso y un achuchón en cuestión de segundos.

En fin, es que Miguelito… es mucho Miguelito….

Agosto 2007

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